El mundo según Mike: A los sueños, mejor dejarlos tranquilos

La decepción de cumplir algunos sueños. Qué creen que sintió nuestro columnista cuando se le dio trabajar con F. Coppola.

sábado, 17 de julio de 2010
Cumplir sueños es una mierda. No hay vació más grande que el que se siente después de cumplir un sueño. Es que el sueño deja de existir cuando se convierte en realidad. Trae una fecha de vencimiento en su envase, que coincide con la fecha del cumplimiento.

Además, la realidad de ese sueño cumplido, nunca es como uno la soñó: siempre se lo sueña más lindo de lo que en realidad es. Yo creo que eso es una burla del “Barba”, que nos hizo con demasiada imaginación, y por eso, siempre nos decepcionamos con la realidad.

Las tres fórmulas de sueños más comunes son: “Tener un…”, “Conocer a…”, y “Trabajar de…”. En todos los casos se cumple la regla de que hacer realidad ese sueño lleva automáticamente a la decepción. Por ejemplo, un hombre que quiere tener un auto. Un auto importado, caro, espectacular. Y es tal su obsesión por conseguirlo que empieza a trabajar horas extras, deja de ir a lugares para no gastar, todo para tener el auto. Y cuando finalmente logra comprárselo, se da cuenta que dejó de hacer tantas cosas que ya no tiene a dónde ir.

En el caso de “Conocer a…”, creo que tengo uno de los ejemplos más claros de lo decepcionante que es conocer a una persona a la cual uno admira mucho. Uno debería mantener al ídolo en ese imaginario, porque descubrir las miserias terrenales de ese tipo nos hace perder la imagen idealizada que teníamos de él (siempre se sueña más lindo). Y eso es lo que me pasó a mí con Francis Ford, que no me deslumbró en el trabajo, mucho menos su trato personal. Y hasta le tuve que pagar el café.

“Trabajar de…” es un sueño que tampoco se debería cumplir. Uno lo imagina… Pero siempre imagina un primer día de trabajo. Una primera semana. Pero si se cumple, la primera semana pasa, y, a la larga, pasa a ser una rutina como cualquier otro trabajo. Vamos a un caso obvio de la fantasía de los hombres: fotógrafo de Playboy. Un tipo que es fotógrafo de Playboy hace 15 años debe vivir como en un estado “rivotrilesco” constante, no debe sentir nada. Y se me ocurren pocas cosas más desesperantes que estar frente a una hermosa mujer desnuda y sentir lo mismo que frente a 100 de salame.

Claro que a las fantasías sexuales tampoco hay que cumplirlas. Siempre en la imaginación es más lindo. Esa misma imaginación, claro está, “ayuda” a la realidad. Pero no hay que tratar de cumplirlas. Imagínese usted señor, si su señora tiene el sueño de estar con Batman. Y un día, para cumplirle el sueño, entra por la ventana de la pieza vestido del hombre-murciélago, con una calza dos talles menos. Debe haber pocas cosas menos estimulantes que esa imagen, pobre señora. Déjela que ella se lo imagine, es mejor.

Entonces ¿No hay que hacer nada? Sí, hay que hacer muchas cosas, y tratar de vivir esas historias que, después, cuando uno las cuenta, dice que fueron “como un sueño”. Esas son cosas no soñadas, a uno lo sorprenden, y lo ponen en un estado de ensueño fabuloso. A mí me pasó cuando canté el 25 de mayo del año pasado, yo nunca había soñado eso, pero me encantó, fue como un sueño. La realidad se transforma en un sueño. Eso es lo que hay que lograr, y no al revés. A los sueños, dejémoslos tranquilos.

Fuente: losandes.com.ar

El mundo según Mike: Ecología psicológica

“Lo jodido que tiene la ‘contaminación mental’ es que no hay Natis Oreiros que vengan a limpiar el pingüino de la angustia”, dice Mike.

sábado, 10 de julio de 2010

Hablemos de la contaminación. No de la del medio ambiente, porque –por suerte- esa causa tiene muchos adeptos, mucho más calificados que yo para hablar del tema. Yo quiero hablar de una contaminación mucho menos visible que aquella, pero no por eso menos dañina, la “contaminación mental”.

Uno se asombra y se escandaliza al ver un pingüino empetrolado, pero nosotros vivimos empetrolados. Empetrolados por las personas que nos rodean, empetrolados por las personas que no conocemos, empetrolados por una discusión callejera, empetrolados por los medios de comunicación… Todo eso nos va contaminando.

Y una vez contaminados ¿Qué hacemos? Vamos y contaminamos a otros. Y sí, así como una fábrica tira desechos tóxicos al río y después esos mismos agentes contaminantes afectan a otros lugares no polutos, nosotros vamos contagiando esa “contaminación mental” a los demás.

Lo jodido que tiene la “contaminación mental” es que no hay Natis Oreiros que vengan a limpiar el pingüino de la angustia. Ni ejércitos de militantes ecologistas con pilotines amarillos que te vengan a manguerear el alma. Tampoco intrépidos activistas en “moto-cross” que vengan a impedir que te desmonten el bosque de la razón.

No, cuidar la ecología de nuestra cabeza depende pura y exclusivamente de nosotros. Bueno sería que, así como se prohíbe la caza de ballenas, se prohíba (o mejor dicho se neutralice) a los “empetrolados” (esos que tratan mal, ultrajan, son desconsiderados,indiscretos, irrespetuosos,¡los que no ríen!… Esos tipos contaminan más que una fábrica de papel que funciona con energía atómica). Pero esas cosas no pasan. Los “empetrolados”, como las ballenas, tienen buena prensa y evidentemente hay mucha gente que no quiere su extinción.

Es casi imposible que uno pueda llegar a controlar con qué personas trata y con cuáles no. Siempre, en algún momento del día te cruzas con alguien que te contamina. El problema es que si lográs zafar de la contaminación “persona a persona”, entonces los que te contaminan son los “agentes externos”, por ejemplo, los noticieros. Los noticieros te empetrolan. Cada noticia es un baldazo de petróleo que te va embadurnando. En realidad es más disimulado: si uno fuese un lobo marino el noticiero le va tirando un balde de petróleo (¡Caos total!), un pescado (nació un hipopótamo en el Zoológico), otro balde de petróleo (¡La economía se cae a cachos!), un camarón (Elena Roger estrenó el musical Evita en Honolulu), y cuando te querés dar cuenta, estás nadando en petróleo.

Otro “agente externo” son las cosas que te tiran por debajo de la puerta: puede que uno evite usar papel para no contaminar y cuidar los bosques, pero resulta que por debajo de la puerta le tiran un montón de papeles, cuyo contenido es tan contaminante como el uso irracional del papel (cuentas a pagar, folletos para que consumas, cosas para que compres).

Por todo esto estoy lanzando la Fundación Amigorena. Llame al 0800-Fundación Amigorena, y automáticamente se debitarán 10 pesos de su tarjeta de crédito para financiar a un grupo de activistas que le irá a desempetrolar el alma. (Aviso Legal: Los activistas pueden no presentarse personalmente. Los 10 pesos debitasdos pueden ser 20. No hay derecho a reclamo).

Fuente: losandes.com.ar

El mundo según Mike: Ocultame que me gusta

Nuestro columnista Mike advierte que hay algo peor que mentir: ocultar la verdad. Ejemplos maravillosos.
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sábado, 03 de julio de 2010
La mentira tiene mala prensa. Todo el mundo habla mal de la mentira y yo creo que no es tan mala. Hay cosas mucho peores. Como el ocultamiento, sin ir más lejos, que si bien es otra forma de engaño, es mucho más dañino y peligroso.

La mentira es, por definición, decir lo contrario a la verdad. Es muy evidente. En cambio el ocultamiento es más jodido, porque tiene algo de verdad. Algo que te va haciendo entrar de a poco, enredarte en el engaño. “La mentira tiene patas cortas”, dice el refrán. Y eso es lo que hace que la mentira sea casi inofensiva: uno ve una cosa con patas cortas y sabe que es una mentira. En cambio uno no sabe si el ocultamiento tiene patas largas, macetonas, rechonchas, estilizadas, o chuecas. La mentira es como un cachetazo, en cambio el ocultamiento es como una lenta tortura.

La mentira es la explosión de un calefón que nos deja pelados; el ocultamiento, la depilación pelo por pelo con pincita. Por ejemplo, si a mi me llama un productor y me dice que voy a hacer una película basada en Hamlet de Shakespeare, y, para filmar la primera escena, me llevan a una playa con chicas en bikini, me doy cuenta en seguida de que me mintieron. Es fácil zafar de eso.

En cambio, si ese productor me dice que voy a hacer una película con mucha categoría, tipo “Cocktail” con Tom Cruise, y me llevan a una playa con chicas en bikini, no sospecho nada. Recién cuando veo a un Gino Renni comiendo el catering, a un Paolo el rockero jugando al solitario o a una Pato Sarán malhumorada, me puedo dar cuenta de que en realidad estoy haciendo “Los Bañeros más locos del mundo 8”. Y ya hice varias escenas…

Otro ejemplo es cuando te arreglan una cita a ciegas. Si te dicen que la chica es “divina”, y te encontrás con una mina fea, tonta, con la voz del Coco Basile y que se mete los dedos en la nariz, sabés que te mintieron. Podés buscar una evasiva para irte rápido: decir que vas al baño y escaparte, hacerte llamar por un amigo con una supuesta urgencia médica, lo que sea. Pero te da tiempo a pensarlo. Pero si te dicen que la chica es “divina”, y te encontrás con una chica de buen aspecto y que habla bien, te quedás. Pensás que puede pasar algo bueno. De repente, ves que agarra los sobrecitos de azúcar y se los mete en el bolsillo. Pero uno no le presta atención, porque le dijeron que era “divina”, y parece “divina”, entonces debe haber visto mal. Y cuando se están yendo del bar, ves que la mina se agarra la propina que le dejaste al mozo. Pasás la noche con ella, al otro día estás en bancarrota, y te enterás que era el financista Mac Gregorcic que se operó en Chile, se hizo mujer, se puso bonita y te estafó. Y todo porque ocultó. Ocultó bien.

El ocultamiento es la letra chica de los contratos (está ahí, lo dice, chiquito, oculto, pero lo dice, y eso hace que no te puedas quejar). Es la locución rápida de los legales en radio (promociónválidahastaayer-notevamosadarnada-ysipodemostecagamos). Todas las transacciones financieras, los servicios al cliente están regidos por el ocultamiento, toda dádiva esta compuesta por dos partes: lo otorgado y el fin con que se hizo, pues ahí esta el ocultamiento. Nos movemos a través de él. Por eso, si me llegan a cruzar, miéntanme. Miéntanme mucho, y no me oculten nada, porque si no, no voy a poder ocultar mi decepción.

Fuente: losandes.com.ar

El mundo según: Regla de tres, simple

Uno es una regla de tres simple: una ecuación entre ambición, austeridad y estrés. Mike saca cuentas…

sábado, 26 de junio de 2010

Cuentas, hay que hacer cuentas. Todos tenemos que hacer cuentas. Cuentas muy complicadas. Mucho más complicadas que las que nos parecían complicadas en álgebra de 4to año. En ese momento, esas nos parecían las más difíciles del mundo.

Pero las matemáticas son sencillas al lado de otra cuentas que uno tiene que andar haciendo. Las matemáticas tienen números y reglas claras, las cuentas que hacen que uno sea como es, no. Porque yo creo que uno es una cuenta. Una regla de tres, para ser mas precisos. Una ecuación entre la ambición, la austeridad, y el estrés. Esas tres variables, combinadas, definen nuestras actitudes.

El tema es que no es una regla de tres simple, es más bien compleja. Y la complicación radica en que la ambición, la austeridad y el estrés no tienen valores: uno puede decir que van a aumentando o disminuyendo, pero no puede decir cuánto.

Tampoco se sabe qué tipo de operación hay que aplicar (no es siempre Estrés x Austeridad = Ambición). Así que la cuenta se complica un poco. Pero, aún sin la precisión de las matemáticas, uno puede advertir ciertos comportamientos constantes en esos tres “ítems” (“ciertos comportamientos constantes”, hasta escribir con Paenza no paro).

A más ambición, más estrés y menos austeridad. A más estrés, menos austeridad, y más ambición. A más austeridad, menos estrés, menos ambición. Por ejemplo: no se puede no tener estrés si uno gana más de 10 mil pesos por mes (pero la austeridad queda en 0).

O no se puede no tener estrés si tu único objetivo es ganar 10 mil pesos por mes (en ese caso hay presencia de austeridad, porque no gana 10 mil pesos por mes, eso lo obliga a algún grado de austeridad). Pero cuidado (ya les dije que era complicado). El exceso de austeridad puede también provocar un aumento del estrés. Uno se preocupa tanto por ser austero y sostener esa austeridad que se estresa. Vamos a un ejemplo -no monetario en este caso-: si vos querés a todas las minas, vas a estar estresado, y no podés ser austero (porque es caro). Pero la paradoja es que si querés una sóla mina, que no esté muy buena por ahí, y te quedás con esa, la ambición baja, pero el estrés sube día a día. Porque tu elección de ser austero te obliga a estar todos los días al lado de esa mina, y eso te estresa. Y cuando viene el estrés, aumenta la ambición… la ambición de irte con otra.

Por eso, la clave de esta cuenta, es buscar ser equilibrado (en este caso el equilibrio no es el 0, el 0 es un tipo que no se mueve del sillón). Hay que buscar qué cuenta nos va conviniendo, en qué momento nos conviene sumar, restar, multiplicar o dividir. En qué circunstancias conviene ser más ambiciosos, más austeros, más nerviosos, o más relajados. Así que ya pueden ir agarrando sus calculadoras científicas (que de mucho no les va a servir) para solucionar esta regla de tres (atención: esta regla no funciona durante el mundial –ver columna anterior-). Pero tengan mucho cuidado, porque hacer esta cuenta puede estresarlo, y si estresa empieza a empezar en… Cuentas, hay que hacer cuentas. Todos tenemos que hacer cuentas. Cuentas muy complicadas…

Fuente: losandes.com.ar

El mundo según Mike: Verano, otoño, invierno, mundial, primavera

Nuestro columnista, cómo no, analiza el fenómeno Copa del Mundo: un mes donde reina la total impunidadNuestro columnista, cómo no, analiza el fenómeno Copa del Mundo: un mes donde reina la total impunidad.

sábado, 19 de junio de 2010

Así como el año bisiesto tiene un día más, el año del mundial tiene una estación más. Si entendemos que una estación es un período determinado de tiempo en el que se producen unas determinadas condiciones climáticas, el mundial es claramente una estación. Es que durante el mundial se vive un solo clima: el del Mundial.

El típico comentario de ascensor “Qué frío” (O “qué calor”, dependiendo la época del año en la que estemos), es reemplazado por “cómo jugó Eslovaquia ayer, eh”. Para reforzar la idea de que el mundial es una estación, vale decir que, cada una de las estaciones está signada por un estado de ánimo: verano, relajación; otoño, introspección; invierno, fortaleza; y primavera, alegría (o alergia). Bueno, el estado de ánimo que marca la época del mundial es el de la impunidad.

La impunidad que se extiende durante el mundial es algo un tanto nuevo. Es que la unanimidad de los mundiales, de un tiempo a esta parte, hace que nadie se esté fijando en nada que no tenga que ver con El Mundial. Yo recuerdo que mi mamá (a la que no le interesa el fútbol en lo más mínimo), durante el mundial ’78, me llevaba a la plaza cuando había algún partido importante ¿Para qué? Para que no moleste a los hombres, que eran los que veían el partido.

Ahora -supongo que por la mediatización que existe- es tal la exposición que tiene el mundial que nadie se quiere quedar afuera: hombre, mujeres, niños, travestis, hermafroditas, todos quieren verlo… Pertenecer. Por eso hoy no hay una madre que lleve a su hijo a la plaza, porque ella también quiere ver el mundial, y la niñera también. Por eso, el niño que no quiere ver los partidos es totalmente impune: puede hacer cualquier cosa, menos una… molestar a los que están viendo El Mundial.

En el mundial se produce una suerte de delay. Nada de lo que pasa durante el mundial, que no sea El Mundial, importa. Así como las comunicaciones con los móviles de televisión en Sudáfrica tienen un delay de unos 5 o 7 segundos, las comunicaciones entre las personas también tienen un delay, pero en este caso es de un mes. Puede que usted haga una pregunta al comienzo del mundial, y que su interlocutor le conteste después del mundial, con total naturalidad, como si no hubiese pasado tiempo entre la pregunta y la respuesta.

Pero cuidado, no sea cosa que nos volvamos pronto de Sudáfrica, porque ese cachetazo nos hace volver inmediatamente a la realidad y con más atención aún que antes. Entonces, la pobre señora que ya tenía los pasajes comprados para irse a Valparaíso con su amante justo el fin de semana que Argentina debía jugar los cuartos de final, si la selección queda afuera en los octavos, ve desbaratarse sus planes inmediatamente. Si jugaba Argentina, el marido ni siquiera notaría su ausencia (incluso la agradecería). En cambio si queda afuera, es demasiado riesgo.

Durante el mundial es fácil fiar (el almacenero lo acepta con un movimiento de cabeza mientras no despega sus ojos del televisor), nadie juzga a nadie (sería ocuparse de otra cosa, y no hay tiempo porque ya empieza Serbia-Costa de Marfil), no se mide en gastos (es común que la gente que se compra un plasma de 150 pulgadas después se quiera matar, porque tiene que ver a Zulma Lobato en ese mismo tamaño y con alta definición), en fin, se rechaza todo lo que distraiga de lo realmente importante: El Mundial.

Por eso nada de lo que diga en esta columna tiene sentido, porque nadie le va prestar atención, hasta después del mundial. Y después del mundial, tampoco tendría sentido, porque habla del mundial… Mejor no la lea.

Fuente: losandes.com.ar

El mundo según Mike: Generoso por conveniencia

Nuestro columnista Mike Amigorena analiza a los egoístas. “La generosidad puede ser síntoma de inteligencia”.
sábado, 12 de junio de 2010

“Sabés lo que tenés que hacer…”, esa frase tan argentina enciende en mí todas las alarmas. Es que lo más probable es que tenga enfrente a un egoísta.

Es que el egoísta, por su propia condición es incapaz de brindar, ofrecer un consejo. Es mucho más fácil dictar una orden o una sentencia. “Sabés lo que pasa, es que vos no entendés cómo es”, “Vos tenés que hacer esto que te digo”, “Esto es así”… Este tipo de egoísta sería incapaz de anteponer a sus frases los prefijos “yo-creo-que” o “para-mí-que”.

Estos tipos carecen de sentido común. Y ojo que no me refiero a ese “sentido común” que te anda gritando “esto está mal” o “vo’ no tene’ do’ dedo’ de frente”. Me refiero a un sentido común más -valga la redundancia- común, que tenga que ver con lo que compartimos y no con las decisiones individuales de cada uno que no afecten a terceros.

Por eso es que creo que el egoísta se queda afuera del sentido común, porque lo que él quiere controlar y regular la vida de los demás, no ponerse de acuerdo en un “sentido común”. Pero creo que el egoísta es tan necio, que no se da cuenta que su accionar va en contra de sí. Está tan encerrado en su egoísmo que no nota lo contraproducente que es su egoísmo para sus propios intereses egoístas.

Para explicar un poco mejor esto voy a pasar a la parábola del parrillero. Uno se banca no ser el parrillero. Incluso hay muchos a los que no les interesa ser el parrillero. Uno se banca, incluso, no ver qué se pone en la parrilla y cómo es el asado… Pero a la hora de repartir, dame una costilla jugosa, porque, si no me das una costilla jugosa, empiezo a desconfiar y a darme cuenta de que vos, el parrillero, sos un egoísta, que saca primero la falda y se guarda las costillitas y las mollejas para vos sólo. ¿Se entendió? Al egoísta le preguntaba si se había entendido. Si se entendió que la generosidad puede ser incluso, si se la piensa egoístamente, una estrategia, una forma de defensa, en fin, un síntoma de inteligencia. Yo creo que si los egoístas se convencieran de esto viviríamos mucho mejor.

“El mal ya está hecho”, decía mi tía Ñata cuando yo me mandaba algún moco y después le pedía disculpas. Bueno, en este caso, si un egoísta fuera generoso, aunque más no sea por una cuestión de estrategia, la frase sería: “El bien ya está hecho”. Y en una de esas, en el trayecto, el egoísta descubre que hay otras personas además de él, y se copa con eso de que lo demás no te odien, y le toma el gustito… Y no te digo que se vuelve Juan Carr el de Red Solidaria, pero por ahí mejora como tipo. Y hasta puede llegar a descubrir que le puede llegar a ir bien no desconfiando todo el tiempo de los demás, sino dándole una mano. No mucho más que eso, me parece lo mínimo para convivir.

Además es más cómodo, el que es vago me va a saber entender, ser generoso es menos trabajoso que ser egoísta (ver columna 2). Ahora, si les gustó de esta columna, compártanla, no sean egoístas… Me han llegado muchas denuncias de que hay gente que para no compartir la columna con sus compañeros de trabajo, la chupa apenas la abre (como si fuese un “torpedo” de tutti fruti), así el otro no la quiere agarrar… ¡Compórtense!

Fuente: losandes.com.ar

El mundo según Mike: Ya no hay pósters

Nuestro columnista estrella les propone a los teens una consigna: “Más pósters y menos videítos filmados con celular”.

sábado, 05 de junio de 2010

¿Por qué ya no hay pósters? Probablemente haya cosas pegadas en las paredes de las habitaciones de los adolescentes pero, pósters, lo que se dice pósters, no hay. Me animo a arriesgar que la primera razón de la ausencia de estos elementos “paredísticos” es que ya nada dura.

Me acuerdo que antes las cosas duraban: yo me compré un trompo (Casa Papagni en Maipú) que todavía debe estar ahí. Todo duraba mucho, como los pósters o, mejor dicho, las personas o los personajes que estaban en los pósters. Hoy día qué van a poner los pibes ¿Un pósters de los “Teen Angels”? Si el año que viene cuando pidan aumento de sueldo, Cris Morena seguro que los cambia por otros cuatro pibes.

Me acuerdo que yo era famoso porque pegaba en las paredes de mi cuarto afiches de películas… Me costaba un montón conseguirlos, y despegarlos de donde estaban con el mayor cuidado para que no se rompan. Ahora, con la velocidad que tienen los acontecimientos, para cuando conseguiste el afiche, lo despegaste y lo pegaste en la pared, ya salió la secuela… O peor, la “remake”. Otro de los motivos que para mí son fundamentales en la desaparición de los pósters es la tecnología.

Primero, la impresora: todos tienen la posibilidad de imprimir lo que se les da la gana. Segundo, que la misma tecnología hizo que haya más medios, entonces, más espacio para llenar. ¿Y qué pasa con esto? Que más gente tiene la posibilidad de estar ahí. Muchísima gente puede estar ahí. Entonces, para qué voy a pegar pósters si yo mismo puedo estar en uno. Un personaje, un par de programas, una pelea, un escándalo, un Gran Hermano, y ya está… ya sos famoso… Cualquiera puede serlo, por lo tanto, esos tipos que aparecen ahí pegados no tienen nada en especial.

Y esto de la excesiva difusión provoca también la tercera de las razones de las ausencia de pósters: el exceso de información. No queremos saber tanto. Si te enterás de las miserias de tus ídolos dejan de tener ese halo de inmortalidad. Se manchan cuando comen, se escarban el oído, se meten los dedos en la nariz, eructan… un asco como todos nosotros. A esto se le suma el morbo: la necesidad de saber que esas personas también tienen problemas. Entonces, si yo me voy al médico a revisarme el apéndice y me engancha un fotógrafo, en seguida lo publican en alguna revista bajo el título: “El mal momento de Mike Amigorena”, o alguna revista que se quiera hacer la graciosa pueden llegar a poner “aPELLSdicitis aguda”.

Se sabe todo de todos. Hasta cosas buenas, pero que deshacen una imagen. Yo quiero tener el pósters de un rockero que pisa pollitos, no de uno que ayuda a cruzar la calle a las ancianas. Es todo tan rápido, es tan fácil llegar y se sabe tanto de las personas públicas que se pierde el misterio.

Antes, David Bowie era un trasgresor, por eso era digno de un póster. Ahora, qué mierda, hasta yo me pinto las uñas. Iron Maiden era una banda de “Heavy Metal” que hacía pósters con calaveras. Pero pasó el tiempo, y si ponés la tele a la madrugada los ves a Barilari (el cantante de Rata Blanca) hablando de cómo se injertó pelo por pelo en su calva ¡O lo vez a Ozzy Osbourne haciendo un reality show junto a su familia!

Por eso fundé el movimiento Más Pósters Y Menos Videitos Filmados Con Celular, para volver a tener ídolos de los cuáles uno no sabe mucho más que lo fantásticos que son haciendo lo que hacen. Pero fue un rotundo fracaso, primero por la sigla MPYMVFCC, un poco complicada, y segundo porque yo soy el líder, y como bien dije en columnas anteriores, soy vago, así que no hago nada por el movimiento… es más, por ahora soy yo sólo. Pero bueno, ya lo dijo mi vieja: “Mikelin: si no comés toda la comida… no hay póster”.

Fuente: losandes.com.ar

El mundo según Mike: Es así, efímero (aceptación y desapego)

Nuestro escritor estrella habla sobre el deporte nacional de los argentinos: la queja. “Practicamos como nadie el yopeorismo”.

sábado, 29 de mayo de 2010

Hay un placer argentino equiparable con una tira de asado jugosa, una cucharada colmada de dulce de leche o un mate bien espumoso: la queja.

Nos encanta quejarnos de lo que sufrimos, de nuestros problemas, a pesar de que la queja sólo riega lo que padecés. Pero no importa, gritamos nuestro martirio a los cuatro vientos y practicamos como nadie el “yopeorismo”.

El “yopeorismo” consiste en que, cuando una persona “x” cuenta un problema –se queja de un problema-, la persona “y”, o sea, su interlocutor, contesta: “Yo peor”, y se despacha contando en carne viva su propio padecimiento.

Esta “escalada de sufrimiento” puede ser redoblada por una persona “z”, en caso de que estuviere presente. Cuando uno nota esto en uno, es bastante molesto, pero hay algo que a mí me ayudó mucho: “la aceptación”.

Sí, a riesgo de parecer un escritor de autoayuda, voy a reivindicar el concepto de “aceptación”. Ojo que cuando hablo de “aceptación” no hablo de “resignación”. No es que todo lo que te toca es perfecto, El Señor o destino lo decidió así y yo debo aceptarlo. No. La Aceptación es simplemente asumir lo que te tocó, y en caso de que no nos guste, accionar para cambiarlo.

Esperar, es sólo un puente hacia otro estado. Porque si uno se queda agarrándose la cabeza y preguntándose: “¿Cómo me pasó esto a mí?”, se queda encerrado en su problema, regando lo que padece.

La aceptación también es buena en caso de que lo que te esté pasando sea positivo. Hay que aceptar que en algún momento se va a ir, no va a estar más, es efímero,transformador. Eso es importante para la segunda cuestión de la que quiero hablar: “el desapego”.

Hay que aprender a soltar esas cosas que alguna vez nos hicieron feliz, pero ya se terminaron para convertirse en otra cosa. Si no hay desapego uno queda patéticamente agarrado a eso. Es como el ex novio que vuelve después de 5 años diciendo: “Me di cuenta que sos lo más importante que me pasó”. Y ahí la mina, con todo derecho le puede decir: “Sos un embole flaco… ¡¿Nada te pasó en cinco años?!… Ya está, ya pasó… es el pasado… largalo” (nunca funciona ir a buscar a una ex, siempre el encuentro es triste, entre dos personas que ya no son las mismas, como tener un recuerdo ajeno).

Por eso es sustancial el desapego, para no quedarse encerrado en lo que ya pasó. De lo contrario, yo debería ir por la calle haciéndome llamar “Martín Pells”… y no me digan que eso no sería un imagen un tanto turbadora y patetica.

Especular con el “Llegué” y creer q ahora todo lo q haga sera exitoso, como el capocómico que cuenta chistes viejos y se queja por televisión de que los productores, no lo llaman, habiendo tenido tantos éxitos.

“Desapego”: esos éxitos ya pasaron, dejalos ir.

“Aceptación”: la situación es que no me llaman, es esa, qué hago a partir de esto.

Y hay gente que a partir de este mecanismo de pensamiento logra reinventarse, y no quedarse como un chancho revolcándose en el chiquero de lo que fue o pudo haber sido.

“La aceptación” y “el desapego” son conceptos fundamentales q se deben usar como cubiertos en nuestras vidas y tener accesos mas rapidos a la plenitud para ser más felices, o, por lo menos, menos infelices.

Fuente: losandes.com.ar

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